México a Sábado 10 de enero del 2026 º El Gral. Tomás Mejía, militar de México qué habría participado en la Guerra de Reforma y en la Segunda Intervención Francesa, se había casado a los veinte años de edad con Carlota Gómez Morán, con quien procreó a María Victoria de Jesús Mejía. Varios años después de enviudar se casó con Agustina Castro Ramírez, con quien tuvo dos hijos: José Tomás Prisciliano Gonzalo, quien murió algunos meses después de nacer; y Adalberta, una niña de dos años, que tenía cierta incapacidad física.

Cuando capturaron a Tomás Mejía, Agustina, quien tenía 23 años y estaba en el octavo mes de embarazo de su tercer hijo, trató de convencer a Tomás Mejía, de que aceptara las ofertas que le hicieron para que escapara. El general le sonrió con melancolía y le dijo:
“No seas niña, no seas tonta. Soy pobre pero honrado, al morir nada tengo que dejar a ustedes, sino a ti mi cadáver, a mis hijos un nombre sin mancha. Muero satisfecho porque creo haber cumplido con mi deber. Podré haberme equivocado, pero si me equivoqué, Dios, que juzga las intenciones, sabrá apreciar las mías, que no fueron otras que procurar el bien de mi país. No quiero manchar con una acción indigna mi nombre honrado. Peleé como bueno, fui vencido, caí al lado de los míos, ellos mueren, los acompañaré; lo demás sería infame y una infamia jamás la cometeré”.
A pesar de su gravidez, Agustina viajó hasta San Luis Potosí a pedir el perdón a Benito Juárez, quien se compadeció de ella, pero no se lo otorgó. En el camino de regreso a Querétaro nació su hijo, en la hacienda La Quemada, unos días antes de la ejecución de Tomas Mejía.
Atrás del cortejo que condujo a Maximiliano, Miramón y Mejía al Cerro de las Campanas, iba corriendo Agustina, con su bebé en brazos. Trataba, inútilmente, de acercarse a su marido para que se despidiera de ella y de su hijo, pero las bayonetas de la guardia y el movimiento de los carruajes lo impidieron, causando que Agustina rodara por los suelos con todo y criatura, resultando herida en la frente y en las mejillas.
Después del fusilamiento, el Gral. Mariano Escobedo mandó embalsamar el cadáver de Tomás Mejía, como un mínimo gesto de atención, puesto que no le había podido salvar la vida. Se lo entregó a Agustina y, después de velarlo unos días en el templo de San Antonio, a donde asistieron principalmente campesinos de los alrededores, fue llevado a la ciudad de México.
La viuda no tenía dinero para el sepelio, por lo cual, aprovechando el embalsamamiento del cadáver, lo sentó en la sala de su casa, vestido con un traje oscuro y guantes blancos.

Durante tres meses, el cadáver parecía descansar sentado sobre una silla, con la mano derecha sobre el corazón. A sus pies, unas veladoras encendidas y un sombrero que servía para que los visitantes dieran su ayuda económica para la inhumación.
Un alma caritativa anónima intervino, proporcionándole los recursos necesarios para su entierro en el panteón de San Fernando, donde sus restos descansan hasta el día de hoy. Sobre su tumba se colocó un sobrio monumento, que sigue en pie hasta la fecha. No hay epitafio, ni mensajes sentidos de su viuda. Solamente una extraña estrella de David y el nombre del general.
Hay quienes dicen que fue el presidente Benito Juárez quien pagó su inhumación. Quizá fue él. Quizá fue el general Mariano Escobedo. Quizá fue alguno de los muchos otros que le debían gratitud.
El general Escobedo le había ofrecido asilo en su casa a Agustina, también le ofrecieron llevarla a Austria. Rechazó ambas propuestas. Se estableció en la ciudad de México y, cuando se agotó la herencia de Tomás Mejía: 18 vacas y una casa de adobe en Tolimán, Querétaro, tuvo que vender las pocas alhajas que tenía. Luego tuvo que dedicarse a tejer, bordar y coser para mantener a sus hijos. Solo contaba con la ayuda de un tío.
En 1877, recibió una visita inesperada en su casa: el presidente Porfirio Díaz, quien, enterado de su situación, le otorgó una pequeña pensión y una beca para sus hijos. Años después, el Gral. Manuel González le proporcionó una casa para vivir, sin pagar renta.

La niña estaba incapacitada, casi no podía caminar ni mover bien los brazos. El niño, que se llamó José Isaac Tomás Carlos Maximiliano Higinio Mejía Castro, estudió en el Colegio Militar y fue incorporado como teniente en el ejército. Murió en 1892, a los 25 años de edad, de tifoidea, sin dejar descendencia.
Agustina murió en 1909, a los 65 años de edad en la Ciudad de México. No se le permitió ser sepultada en el Panteón de San Fernando, junto a su marido. Fue enterrada en el Panteón de Dolores, en una zona de tercera clase.
Su hija Adalberta murió asesinada, en Veracruz, por unos “revolucionarios” que le robaron las prendas de su padre.
Imágenes: El Gral. Tomás Mejía y su tumba.









